Octavio y César

He terminado el sexto tomo, el más largo. Se centra en la muerte de César. Su singular romance con Cleopatra la fea, el decepcionante y lascivo Antonio, Bruto el cobardica, el deslumbrante y prometedor Octavio, a la postre el heredero, el espantoso suicidio de Catón, engendro fanático del estoicismo, la dolorosa defección de algunas legiones, el fin de la causa republicana, la proyectada campaña contra los partos, y la traición.

Si les digo la verdad, ya se me está haciendo un poco largo todo esto. Me queda el séptimo tomo aún.

Ojo: les recuerdo que este sexto volumen está en Ediciones B. Los que Planeta llama “sexto” (Antonio y Cleopatra) es en realidad el séptimo.

Aquí les hablaba del quinto (y tienen enlaces a los comentarios a los anteriores).

Así ve Octavio a su admirado César:

César desprecia los placeres de la carne. No a modo de filosofía, como Catón, sino simplemente por parecerle intrascendentes. Para él, el mundo está lleno de cosas que deben arreglarse, cosas que sólo él sabe cómo enmendar. Porque se lo plantea todo incesantemente, reflexiona, analiza, lo descompone todo en sus partes integrantes y luego las une de una manera mejor, más práctica.

¿Cómo es posible que él, el noble más augusto de todos, no se vea condicionado por su origen y pueda ver más allá de eso hasta distancias ilimitadas? César es un hombre ajeno a las clases. Es el único hombre que conozco directa o indirectamente capaz de comprender tanto las situaciones generales como los más nimios detalles. Deseo con toda mi alma ser otro César, pero no tengo una mente como la suya. No soy un genio universal. No sé escribir obras de teatro y poemas, pronunciar brillantes discursos en cualquier momento, construir un puente o una torre de sitio, redactar grandes leyes sin esfuerzo, tocar instrumentos musicales, capitanear de manera impecable a las tropas en una batalla, escribir lúcidos comentarios, empuñar la espada y el escudo para combatir en primera línea, viajar ligero como el viento, dictar a cuatro secretarios a la vez, y todas esas otras hazañas legendarias que él realiza gracias a la amplitud de su mente.

Tengo una salud frágil, que puede empeorar; es un hecho que afronto a diario. Pero puedo planificar; tengo intuición para escoger la alternativa correcta; pienso con agilidad, y estoy aprendiendo a sacar el mayor partido a mi escaso talento. Si algo tenemos en común César y yo es la absoluta negativa a rendirnos o abandonar. Y quizás a la larga sea ésta la clave. De alguna manera, seré tan grande como César.

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