Volver a leer a Alejandro Dumas

Es tan difícil imaginar la biblioteca de cualquier hogar sin una novela de Dumas como encontrar en cualquier historia de la literatura, en principio rigurosa, más de quince o veinte líneas dedicadas a su obra. El próximo 24 de julio se celebra el segundo centenario de su nacimiento y es un buen momento para reinvindicar la figura del hombre más leído de su tiempo.

Extraordinario y paradójico, a medio camino entre la genialidad y la incultura, extravagante y presuntuoso, encantador e imaginativo. Vivió al dictado de fuertes impulsos: amor propio, horror a la pobreza, necesidad de medrar, fascinación por lo heroico, vanidad rayana en la manía, donjuanismo, prodigalidad y fanfarronería.

Con increíble capacidad de trabajo, Dumas es una auténtica fuerza de la naturaleza. Nadie lo ha leído entero.  Ni el mismo, no sólo porque no se releía, sino por que no escribía todo lo que llevaba su firma. Entre 1826 y 1870 escribió alrededor de 91 obras de  teatro, unas 200 novelas o relatos cortos, unos 10 volúmenes de memorias y unos 19 de impresiones de viajes. Funda y dirige 8 periódicos y acaba su vida redactando un libro de cocina.

Sus comienzos en el teatro, antes de la revolución romántica, supusieron una rotura con el clasicismo ya comenzada con Victor Hugo. Vodeviles, comedias, tragedias y, sobre todo, dramas históricos de tema francés y heroísmo. Intrigas políticas y amorosas y personajes de corte romántico: dúo amoroso frente a perseguidor cruel.

Tras sus primeras novelas, obras menores, escribe a mitad de los años cuarenta sus más famosas producciones. Logra un gran éxito que compite, sobre todo, con el del otro gran hombre del decenio: Sue.

Tratándose de Dumas, es ineludible hablar del folletín, cimera colaboración de literatura y periodismo. Desde mediados del siglo XIX la máquina de vapor permite tiradas mayores y más rápidas, los ferrocarriles facilitan la difusión de los diarios y el nacimiento del servicio de correos en Francia hacen posibles suscripciones a otras provincias. En 1836 nacen en París La Presse y Le Siècle: más baratos, con publicidad, con sucesos, con independencia ideológica política y con mucho espacio para la cultura. El folletín dedicado hasta entonces más bien a la crítica literaria y al comentario político pasa ahora a dedicarse a novelas fragmentadas

En primera página y a doble columna, Le Siècle publica entre marzo y julio de 1844 Los tres Mosqueteros, Veinte años después (su segunda parte), entre enero y junio de 1845 y la tercera, El Vizconde Braguelonne, entre octubre de 1849 y enero de 1850. El Conde de Montecristo, otra célebre producción, se irá desgranado diariamente entre agosto de 1844 y enero de 1846, ahora en el Journal des Débats.

Su receta es infalible: enganchar desde el principio al lector situando la acción in media res y hacer coincidir el final de cada entrega con un momento cumbre de la acción. Encuadernadas juntas podemos imaginar al ritmo que se leen sus libros.

Dos elementos vertebran las novelas de Dumas, la historia y la aventura. La ruptura con lo anterior que supusieron la Revolución francesa y Napoleón germinó en la vocación historicista de principios del XIX. Se concreta en el esfuerzo de buscar las leyes profundas que rigen la evolución de la sociedad,  impulsado también por u  sentimiento de nostalgia e inadaptación al presente. Se percibe el  pasado como un romántico refugio consolador, donde se busca  heroísmo y huída de la rutina. Dumas, pura exaltación de la individualidad, condena el prosaísmo de su época y la falta de ideales, la uniformidad. El mito napoleónico sobrevolaba sobre la juventud de esos años.

De ordinario se observa un equilibrio entre personajes reales y ficticios, aunque, por lo general, la peripecia y la intriga cuentan más que la sujeción a la historia. Lo esencial en Dumas es siempre el destino individual de sus héroes, la aventura, haya o no trasfondo histórico, o sea o no fiel a él.  Su temática prototípica es la del viaje peligroso, con pruebas para cumplir un destino. También en cierto modo se puede hablar de novela iniciática, descripción del proceso de configuración de la identidad del héroe. Posadas, castillos (novela gótica), prisiones; emboscadas, naufragios, huídas, dobles, secretos, desapariciones, reconocimientos. El ritmo, eso sí,  hace que la psicología de los personajes (fuertemente tipificados) sea esquemática, monolítica, arquetípica.

Escasean las descripciones, prima la escena. El narrador interviene lo justo, hay mucha intervención de los personajes. La gran teatralización de sus obras hace que prácticamente todo se sepa a través de diálogos.

Abordemos la cuestión de sus “negros”. Augusto Maquet, el más importante de ellos, colabora con Dumas entre 1841-1851. No hay acuerdo en torno al grado de colaboración, aunque se admite que el sello que da el éxito lo pone Dumas. Sí es cierto que antes y después las obras de Maquet, como poco, pasaron inadvertidas. Dumas hacía el esquema de acontecimientos de cada capítulo, Maquet se ocupaba de la investigación histórica y de la primera redacción; luego era de nuevo la pluma de Dumas la que dramatizaba, desarrollaba y daba los retoques antes de mandar a impresión. Trabajaban a un ritmo trepidante pues tenían compromisos con cuatro o cinco periódicos a la vez.  Maquet accedió a ni figurar como coautor en Los tres Mosqueteros y en 1845, por amistad, cedió a Dumas todos los derechos. Cuando quiso recuperarlos porque se enemistaron la justicia se los negó y Dumas también. En 1922 sus herederos pudieron cobrar una  parte.

Estamos ante un caso prototípico de la poca atención que se presta a los autores “populares”. Ni los líderes intelectuales del momento ni el poder lo tomaron en serio, sólo el pueblo. Dumas escribía deprisa, sin poner signos ortográficos. Sus ayudantes revisaban después. De ahí muchos de los defectos de forma de sus obras. Son proverbiales sus acrobacias narrativas y sus infidelidades históricas, las repeticiones, clichés, largos diálogos (pagaban por línea), sus fórmulas afectadas. Hay novelas de recursos de oficio, adjetivación superflua, divagaciones, escritas con un estilo tosco y descuidado. Los personajes, esto es más grave, son tan arquetípicos que guardan a veces poca relación con la realidad, quizás por esto se ha dicho con verdad que Dumas no es un gran novelista siendo un buen narrador. Victor Hugo lo resumía como un escritor más de genio que de talento.

A Dumas le ha pesado mucho su fama (merecida) de persona frívola, mujeriego y gastador, de escritor por encargo y poco cuidadoso; no le han ayudado las divulgaciones reduccionistas y aligeradas de sus obras más famosas en forma de adaptaciones, resúmenes, series televisivas o animadas: nadie desconoce los personajes de Los tres Mosqueteros (por referirnos a su obra más célebre) pero pocos han leído el texto original (casi mil páginas) y menos el de sus dos continuaciones. Es cierto que se ayudó de colaboradores, pero nadie cuestiona que el genio lo ponía él. Dumas es literatura de entretenimiento de alta calidad, ha dado vida a personajes inolvidables como Artagnan, Porthos, Athos o Dantés. La frivolidad de la vida cortesana que retrata en muchas de sus novelas o la imagen poco positiva de algunos personajes eclesiásticos (como su versión del Cardenal Richelieu, escasamente matizada) conviven con valores positivos de amistad y valentía, fidelidad y constancia, valor generoso y abnegación

Es cierto que vale más leerlo que estudiarlo. Su literatura es pleno artificio lleno de trucos, de trampas y de estereotipos melodramáticos que el sentido crítico rechaza pero que el instinto de lector adora. Como dice Pérez-Reverte “hay otras novelas mucho mejor escritas, por supuesto. Pero, comparadas con el Montecristo sólo son simples obras de arte”

Alejandro Dumas hijo (bastardo), autor de La dama de las camelias escribió a su padre este epitafio: “Ha muerto como ha vivido. Sin darse cuenta”. Dumas es un talento abrumador que convertía en aventura y emoción todo lo que tocaba y Francia le concede ahora la máxima gloria preparando en el Panthéon de París el lugar donde descansarán definitivamente sus restos, cerca de los de Rousseau, Voltaire, Hugo, Zola o Malraux.

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Una guía de lecturas ordenada con señal de ediciones recientes:

a) ciclos históricos:

– Siglo XVI: La Reina Margot (Cátedra, 1995), La Dama de Monsoreau y Los Cuarenta y cinco.

– Siglo XVII: Los Tres mosqueteros (Anaya ,Tus libros, 1999), Veinte años después (Ediciones del Azar, 2001), El Vizconde de Braguelonne (Sopena, 1978, sólo en bibliotecas).

– Siglo XVIII, “Memorias de un médico”: José Balsamo, El collar de la Reina, Angel Pitou y La Condesa de Charny. Se pueden encontrar en bibliotecas, en ediciones de su obra completa de los años 70 y 80 (Editors, Gaviota, Euroliber o Sopena).

b) otras novelas:

El Conde de Montecristo (Debate, 1998)
El Tulipán Negro (Anaya, Tus libros, 1994)
El Caballero de Harmental (Edhasa, 1995)
Historia de un muerto contada por él mismo y otros relatos de terror (Valdemar, 1999)

2002

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