Lenz, a un paso de la trascendencia

Descubierto tardíamente, se publica por primera vez en nuestro país a principios de los noventa una obra de este autor.  Desde entonces, ya son cinco, con aquella, las que se han traducido al castellano.  Lenz escribió su primera novela con 25 años (ahora tiene 70) pero el editor español (Tusquets primero -en ediciones más cuidadas- y después Debate) se ha fijado sólo de momento en su obra de madurez.

Miembro del célebre grupo 47, está considerado uno de los grandes narradores alemanes de posguerra, junto a Böll y Grass.  Ha recibido numerosos premios entre los que cabe destacar: Premio Thomas Mann (ciudad de Lübeck), el Manes Sperber (que concede el estado austríaco) y el Premio de la Paz (otorgado en 1988 por los libreros alemanes, en la feria de Frankfurt).

Ha escrito hasta ahora una docena de novelas y otros tantos libros de teatro.  También ha cultivado el ensayo, la crítica literaria y el teatro.

Un tema preside sus argumentos: el dolor.  La mirada que elige para ver la realidad es la del enfermo.  Su obra es un canto de protesta suave, contra la incomprensión, la soledad, la injusticia, contra las heridas infringidas a su conciencia nacional; y elige la voz del débil para así hacer más patente, allí donde no cabe el engaño, privilegio del adulto, la sinrazón de lo que no debe ser.

Que sus protagonistas sean enfermos complica las cosas al obligar al lector a situarse ante un prisma que no resulta familiar: además de personajes, son narradores, narradores prolijos y desordenados, que calibran y miran de un modo que no es el de la persona normal.  Esto exige al escritor un verdadero ejercicio de malabarismo literario para, sin menoscabar la verosimilitud interna del texto y ser fiel al punto de vista elegido, ir suministrando al lector las pistas y datos necesarios que le permitan seguir el curso de la historia.

La realidad como a través de un velo

Esto se hace especialmente patente en Lección de alemán y en Campo de maniobras.  En la primera, Siggi Lepsen, hijo de un funcionario de policía, vive encarcelado y en tratamiento psiquiátrico a causa de unos robos de cuadros que cometió.  Debe elaborar una redacción sobre “las alegrías del deber” y se sumerge obsesivamente en su memoria para analizar los motivos del odio que siente hacia su padre, encarnación acabada de este sentido del deber.  Es la historia de una pugna y de los efectos de la misma en el inocente y, a la vez, una reflexión sobre cómo el deber, cuando se convierte en manía, no genera paz sino víctimas.

En Campo de maniobras, publicada diecisiete años más tarde, la escorzada perspectiva de Bruno -tan hábil de manos como limitado de entendimiento-, va relatando la conflictividad que va haciéndose presente de modo progresivo en una familia de refugiados alemanes, que han transformado con su esfuerzo un campo militar en próspero negocio.  Una bruma lírica baña toda la narración.

Se trata de dos novelas largas y densas, sin apenas diálogos.  El que éstos aparezcan entrecomillados confundidos entre los mismos párrafos da un aspecto a las páginas cuando menos inquietante. No se pierde fluidez narrativa, sólo es algo estéticamente amenazador.  En las dos, los efectos dolorosos de la reconstrucción alemana de posguerra en una familia: del sentido del deber y la arbitrariedad hasta el enterramiento de la amistad en un caso, del progreso económico y el egoísmo hasta la envidia y el desequilibrio familiar en el otro.  Y en ambos casos, visto y sufrido por una mente enferma.

En La pérdida también está presente el dolor y el protagonista es un enfermo, pero el punto de vista elegido es ahora el de un narrador en tercera persona.  Se gana en el orden y la claridad que permite el distanciamiento, los diálogos hacen aparición con los tradicionales guiones y puntos y aparte y la historia se reduce a unas asequibles doscientas páginas. UlIrich Martens, arrastrado por su vocación de provisionalidad y después de múltiples ocupaciones, desempeña ahora el trabajo de guía turístico.  De repente sufre un ataque de afasia y pierde la voz, además de sufrir importantes efectos locomotrices.  Si en Lección de alemán Lenz pinta admirablemente el sentimiento de injusticia y los desastres de un sentido del deber aislado de otras consideraciones, y en Campo de maniobras es diseccionado el egoísmo, ahora es el tumo de la angustia.  Toda la novela se debate entre la indecisión de Nora por ayudar a Uli y el esfuerzo denodado del enfermo por hacerse entender y ayudar.  Se critica sutilmente cómo una educación fría en la expresión de sentimientos dificulta en gran manera la comunicación.

No se debe sacar tras este primer acercamiento a la obra de Lenz la equivocada conclusión de que su fondo es principalmente pesimista.  En sus libros, y yo diría principalmente, brilla la ternura.  Es lo que despiertan sus personajes y la situación a la que se ven enfrentados.  Es ante esos comportamientos hostiles donde brillan con luz propia elevados sentimientos: la lealtad incombustible de Bruno hacia el jefe de la familia y la grandeza de su sacrificio final, la amistad de Siggi con el pintor arbitrariamente perseguido por su padre, la tenacidad de Uli por sobreponerse a su pérdida y el triunfo final del cariño sobre el miedo.

la prueba acústica

Jan, el protagonista de su última novela, también es un personaje débil. Despierta compasión pues sin ser un enfermo arrastra una existencia inane y no se sabe qué es peor.  Es lo que comúnmente se conoce como una persona vulgar. Trabaja como detective en unos grandes almacenes y su vida se consume aplastado entre la desbordante e inasequible personalidad de su padre, que trabaja ‘la piedra, la apabullante jovialidad de su hermana, el recuerdo de su hermano brillante escritor que se suicidó joven- y una madre que sigue llamándole “gordito”.  Como las piedras donde se buscan leves fisuras internas, se siente sometido por el exterior a una especie de 9 4 prueba acústica”, en forma de cotidianas agresiones, de la que desconoce el resultado.  Se enamora de Lone y empieza su proceso de reconciliación, consigo mismo en primer lugar.

Se trata de una novela menos densa y exigente que las anteriores.  Con el mismo y profundo calado pero con ciertas concesiones a la peripecia y mayor variedad de personajes que facilitan sin duda su lectura.  Otra vez acierta Lenz en cautivamos con su personaje, otra vez provoca ternura.  Intercala pasajes y figuras de gran dramatismo -el agresivo simbolismo que supone el proceso del deterioro de monumentos del padre del protagonista, ese otro desconsolado padre que encarga un monumento funerario único para su hija, la tragedia final- pero siempre se superpone el esfuerzo de Jan, su combate interior.  El “Ay..” que encabeza muchos párrafos envuelve todo el relato en un aura nostálgica.

Cogerle el paso

Lenz usa pocos recursos narrativas para atrapar al lector: en Lección de alemán y Campo de maniobras la historia empieza por el final, y dedican sus extensos textos a desgranar sin prisas lo que se quiere contar, con un gran despegamiento del argumento, a modo de reflexiones y recuerdos (algunos irritantes) de los narradores; en La prueba acústica la acción se desarrolla con placidez: no interesa a Lenz que pasen abundantes cosas sino detenerse en cómo reacciona Jan ante ellas.  Aunque quizás sea ésta la novela más convencional de todas.  Sólo en La pérdida se concede cierta dosis de intriga: despierta curiosidad desde el principio conocer el verdadero alcance de las relaciones de Nora con el protagonista y saber cómo actuará ella al final.  Aunque tampoco aquí renuncia Lenz a consideraciones poco novelescas a cerca de la importancia del lenguaje y la verdadera naturaleza de la comunicación.

Sobre su estilo, hay que alabar una prosa cuidada y de alto calibre, culta pero sin exagerar, de párrafos enrevesados cuando lo exije el discurso de sus peculiares narradores pero siempre correctos.  A veces cae en cierta rigidez en la construcción de las frases.  La perspectiva de relatar que suele elegir es la de situarse en el presente y hacer que el narrador recuerde.  Esto le da licencia para no seguir un proceso lineal en el tiempo del discurso.

Una joya: El usurpador

En el relato corto, un género dificil, es imposible disimular las carencias narrativas y, a la vez, es donde con más facilidad saltan a la luz las habilidades e inspiraciones del maestro.

Es en el conjunto de relatos publicados en castellano bajo el título de El usurpador donde Lenz alcanza su mayor nivel de calidad literaria.  Llama la atención la gama de recursos que maneja.- desde un intenso diálogo teatral El rescate), o historias contadas en forma de carta en tono oficial (El concurso y El usurpador, hasta cuentos dentro de cuentos En legítima defensa; historias contadas desde fuera, o por el mismo personaje, con o sin diálogos, lineales en el tiempo o con saltos medidos; y todo, siempre, con originalidad y pulcritud.  Destaca, por su belleza, La chica serbia (relato que titula la edición original de esta obra), donde se cuenta el viaje que lleva a cabo la protagonista, en contra de todas las reglas del mundo de los mayores, guiada por un pacto que llevó a cabo.

Quizás el de más calidad en su construcción narrativa sea Un intento de inmersión donde se cuenta cómo el personaje rompe con toda su vida anterior -nadie sabe que se ha salvado de un naufragio- y celebra con su hermano el aniversario de su nueva vida.  Como siempre, la mirada de Lenz se detiene en los más débiles, en los menos importantes: los niños, un oscuro escritor de discursos para políticos, un cartero, un buscador de escenarios para películas… Páginas plagadas de héroes cotidianos y vulgares hazañas.  Presentes en casi toda la obra Alemania, el mar, la guerra.

Sólo le falta Dios

Dice Delibes que detrás de toda novela hay un hombre, un paisaje y una pasión.  En Lenz encontramos al hombre profundo, que viene desde la formación filosófica y literaria, que no puede ocultar las heridas de los errores cometidos por su pueblo, que vivió la guerra y encontró después en la escritura su forma de decir.  Su paisaje, siempre, Alemania.  Todas las novelas de que hemos hablado están ambientadas en Hamburgo, ciudad a donde se trasladó tras la segunda guerra mundial (él nació en Lyck, ciudad de Prusia orienta¡, en 1926).  De su pasión y misterio personal ya hemos hablado largamente: es un pintor del hombre, de su compañero más frecuente en esta vida, el dolor.  Y pienso que lo hace con optimismo.  Aunque una lectura superficial arroje como vencedor absoluto a esas realidades negativas de injustica, egoísmo, miedo, siempre quedan maderos a los que agarrarse.  Digo maderos porque en todas sus novelas hay mucho naufragio. Su obra rezuma un cierto tono existencialista y apesadumbrado, de triste culpabilidad.  Se echa en falta un sentido más trascendente de la vida: la ausencia de una visión más radical y constitutiva del hombre sea quizás la causa de que el optimismo esperanzador que se incoa no llegue a ofrecerse en todas sus posibilidades.

En La pérdida aparece una reflexión de una de las protagonistas a cerca de la lectura: “pensaba que toda lectura apasionada finalizaba con una decepción, sencillamente porque la intensidad del sentimiento que se alcanza leyendo el libro no se consigue en la así llamada vida real”.  Algo así sucede con los libros de Lenz.  Su lectura es una tarea sólida donde hay que enfrentar su deliberada lentitud en favor del dramatismo, la parvedad de trama novelesca que justifique el número de páginas (el terreno de Lenz es el interior del hombre) y la dificultad añadida de ser historias contadas por enfermos no deben desanimar de su lectura; pero donde se imponen su maestría en la dosificación de la trama, la limpieza de sus historias en contra de toda moda y el trazo pulcro de su escritura.

Una sugerencia, a modo de guía de lectura, para terminar, empezar para conocer a Lenz leyendo La prueba acústica, su novela más fácil, Campo de maniobras -posiblemente su obra maestra- en segundo lugar y los excelentes relatos contenidos en El usurpador por último.

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Lección de alemán.  Hamburgo, 1968.  Debate, 1990, 417 págs.
Traducción: Jesús Ruiz; Revisión y corrección: Amalia Bosch.  T. o: Deutschtunde

Qúe bello era Suleyken. Hamburgo, 1973.
Caralt, 1989.  T. o: So zártlich var Suleyken

La pérdida. Hamburgo, 1981.  Debate, 1991,203 págs.
Trad: Amalia Bosch.  To: Verlust

Campo de maniobras. Hamburgo, 1985.  Tusquets, Barcelona, 1988, 378 págs.
Traducción:  Joan Parra.  T o: Ein cerzierplatz

La prueba  acústica. Hamburgo, 1990.  Tusquets, Barcelona, 1993. 288 págs.
Traducción:  Joan Parra.  T o: Die Klangprobe

El usurpador. Hamburgo, 1987. Tusquets, Barcelona, 247 págs.
Traducción:  Joan Parra. T.o: Das serbische iviüdchen

1995

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