Adiós a Manuel Vázquez Montalbán

Escritor infatigable y vitalista
(Barcelona, 1939 – Bangkok, 2003)

Ha fallecido un escritor de importancia en nuestro país y de destacado renombre en el extranjero. Desde los setenta, su voz y su literatura han sido un referente para un buen número de lectores, escritores y periodistas. Su frecuentísima presencia –casi siempre apreciativa- en los medios de comunicación se apoyó en algunas razones entre las que estaban: una incansable actualidad en las librerías con nuevos títulos, premios internacionales, un perfil apreciable para los periodistas (bronco, independiente, sincero, vitalista), y el cultivo de géneros de fácil resonancia de masas (ensayo-denuncia y novela negra policiaca). Sin duda su popularidad se ha visto beneficiada extraliterariamente por su activa militancia política en la izquierda y su imbricación en un mundo cultural (editorial) de tanto peso en España como es el catalán.

Vázquez Montalbán no ha sido, a pesar de todo, un gran escritor. No se trata del exagerado numero de títulos, que podría menoscabar, puede pensarse,  la calidad del conjunto, ni de lo variopinto de sus intereses (alguien dice que sus mejores libros son los de cocina); si no de que no ha dejado ningún libro ni personaje idiscutiblemente memorables. Galíndez, quizás lo mejor que ha escrito, es un buen trabajo periodístico de investigación disfrazado de novela regular y Pepe Carvalho no se diferencia mucho –en latino- de otros detectives de sagas literarias.

Vázquez Montalbán estaba lleno de curiosidad, tenía imaginación y oficio, escribía desde luego con corrección y soltura, poseía un estilo cuidado, una prosa sencilla, clara, precisa y lúdica, pero carecía de la profundidad y perspectiva para los asuntos y de la brillantez para la palabra que elevan por encima de los demás a algunos escritores. Los más famosos de sus libros son desiguales, con aciertos y buenos momentos, pero también con defectos de estructura y ritmo. Ser un buen escritor ya es bastante. El alud de artículos encomiásticos aparecidos estos días en diferentes periódicos, sólo se entienden como expansiones de la amistad y del compañerismo. Poco solemne, tímido, poco pagado de sí mismo y generoso, tuvo una envidiable capacidad para hacer amigos.

Escritor de gran facilidad, abundantísimo y todoterreno, ha escrito poesía, libros de recetas de cocina, canciones, ensayos (urbanismo, deporte, política, medios de comunicación, literatura),  guiones, relatos y novelas.

El ciclo de Carvalho es algo más que un conjunto de episodios policiacos. Pretende radiografiar críticamente una buena parte de la sociedad española. Yo maté a Kennedy (1972) es el primer título de una serie que se vio firmemente reforzada con el premio Planeta concedido en 1979 a Los mares del Sur, una sórdida historia de veganzas y egoísmo. Esta misma editorial sacará a la luz en 2004 Milenium, que hará la veinticuatro, y última, de estas aventuras. Pepe Carvalho es un hombre cansado y lleno de ambigüedad moral. No espera casi nada de los demás ni de sí mismo. Resuelve sus casos en los momentos de descanso que le dejan las borracheras y el uso utilitario del sexo. Un tipo duro, tan cínico y golfo como buen detective, que quema libros (que ha leído) en su chimenea y que es capaz de llorar mientras entierra a su perrita degollada.

Galíndez, Premio Nacional de Literatura en 1990, es un valiente reportaje de política-ficción convincente y atractivo a pesar de su dureza. Jesús Galíndez fue un dirigente nacionalista vasco secuestrado y asesinado en Nueva York en 1956 mientras investigaba la dictadura de Trujillo. Treinta años después el caso es investigado por una joven universitaria.

Hay dos ambientes que Vázquez Montalbán parece conocer bien, ambos en Barcelona, espacio habitual de sus novelas: por un lado el del rojerío antisistema del primer post-franquismo, intelectuales liberados llenos de agudezas, y por otro, el submundo lumpen de travestidos, mariquitas y prostitutas. Si añadimos la clase industrial burguesa catalana y los policías, tenemos el censo del noventa por ciento de sus personajes. Dos notas frecuentes en los planteamientos de fondo y en los diálogos son el recurso a lo soez (también para describir las frecuentes secuencias sexuales), y el descrédito y burla hacia lo religioso y especialmente lo católico.

Se han destacado su honestidad intelectual y su coherencia, así como el coraje con el que supo acometer  la doblez y la injusticia, convirtiendo muchas de sus obras, de marcado carácter político, en un comprometido ajuste de cuentas lúcido y desencantado. Una coherencia que no le impedía en la vida real conducir un Jaguar y cultivar un hedonismo de auténtico bon vivant. El látigo de intelectual crítico le llevaba a simplificar a veces las cosas, haciendo aparecer en sus novelas un corrupto detrás de cada empresario o un torturador en todo representante de la autoridad. Cierto que no volvía la cara a la realidad, al menos a una parte de ella, pero lo hacía desde un pesimismo demoledor y desde un cinismo escéptico que no reuía la agresividad ni la grosería como armas para la denuncia. Este talante convertía fácilmente en ironía y sarcasmo el sentido del humor que le reconocen los que le han conocido.

Se ha marchado un escritor que deja una obra ingente, con algunos títulos no tan buenos como famosos y que alternan buenos momentos con un tono general pesimista y poco agradable, querido y respetado, fiel a una visión del hombre y de la sociedad que sólo dejaba un resquicio para la felicidad: el fútbol y la buena mesa.

Octubre, 2003

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